El tren fluvial: una sensible y encantadora ópera prima acerca de un viaje iniciático y de autodescubrimiento
El tren fluvial (Argentina/2026). Dirección y guion: Lorenzo Ferro y Lucas A. Vignale. Fotografía: Thomas Grinberg. Edición: Andrés Medina y Lucas A. Vignale. Sonido: Martín García Blaya. Ele...
El tren fluvial (Argentina/2026). Dirección y guion: Lorenzo Ferro y Lucas A. Vignale. Fotografía: Thomas Grinberg. Edición: Andrés Medina y Lucas A. Vignale. Sonido: Martín García Blaya. Elenco: Milo Barria, Rita Pauls, Mariano Barria, Fabián Casas, Lucrecia Pazos, Pehuén Pedre, Mailén Barria y la participación especial de Diego Puente. Calificación: R-13. Distribuidora: Lat-e. Duración: 76 minutos. Nuestra opinión: excelente.
5 stars
“No piense y diga”, debe responder el pequeño Milo a su padre, a lo que se suceden una serie de palabras inconexas que entremezclan confesión y anhelo. Milo practica malambo y Mariano es su instructor. Como invocación de un destino y también de una poética abrazada por El tren fluvial, desde un viejo televisor Carlos Monzón dice: “Me voy a Buenos Aires, a trabajar de artista”. Esa será la primera referencia – y la más evidente- al cine de Leonardo Favio con Soñar, soñar. Pero implícitamente habrá varias más.
El film es, desde su título, un viaje iniciático y de autodescubrimiento, pero también de retorno a las raíces artísticas del cine argentino, donde la figura rectora del inolvidable Leonardo Favio se erige con una poética singular, única y decididamente inimitable. Uno de los grandes aciertos de esa dupla trágicamente irrepetible conformada por Lorenzo Ferro y Lucas A. Vignale fue la de condensar su universo creativo, junto a otras referencias al cine argentino, para evocarlo sin imitarlo y homenajearlo. Allí logra una de sus grandes audacias y mayores conquistas, y uno de los grandes talentos artísticos sobre los que descansa la mínima trama de esta película.
Ese viaje preadolescente de autoconocimiento desde el cual nació el cine moderno, véanse Los 400 golpes de François Truffaut o nuestra Crónica de un niño solo de Leonardo Favio para conocer dos ejemplos fundamentales, configura la senda desde la cual pueden rastrearse las intencionalidades creativas de una película que tiene a un chico que busca tomarse un tren para escapar del campo hacia la gran ciudad, hacia una Buenos Aires que es tan lejana como anhelada en su sueño de ser artista.
Y lo importante de El tren fluvial no es tanto lo que se narra sino cómo. Y en ese cómo se encuentran variables creativas, búsquedas y anhelos. No es un film perfecto. Sin dudas no lo es, pero en su audacia radica su ingenio y, sobre todo, su profunda frescura y honestidad emocional que es la que lleva a este poético viaje desde una mirada ciertamente atemporal y fascinada de descubrimiento, que es la mirada de un niño y lo que transmite al espectador. Una mirada atenta por recorridos urbanos populares que en la adultez tienen la marca de la repetición y el tedio.
En ese viaje con mirada de niño, Milo puede dialogar a través de sus auriculares con un anciano dormido (que no es otro que Diego Puente, el niño del ayer de Crónica de un niño solo), conocer a un karateca (el escritor Fabián Casas), presentarse a un casting ante una profesora (Rita Pauls), o escuchar a un maquinista recitar un poema (no es otra voz que la del poeta Francisco Madariaga). La música, con un tema principal como “Quiero vencer mi soledad” de Raúl Vásquez, contribuye a la intención narrativa y a su poética enraizada en esos motivos populares.
En ese “tren casi fluvial” llegó con 14 días Francisco Madariaga desde el paisaje encantado de los esteros correntinos a una Buenos Aires de cemento, desde cuya literatura también se encuentra el título de la película. Fue uno de nuestros mayores poetas y donde convivió la mirada a lo gauchesco y al surrealismo. Uno de sus poemas, Viaje estival con Lucio, con su voz, se escucha en la película: “Todo aquello quedaba atrás, y el sueño del viejo tren casi fluvial nos envolvía”. Tal como envuelven esos universos, que entremezclan lo telúrico y lo onírico, en el film que Ferro y Vignale delinearon como una ópera prima de sensible intuición y notable encanto por la senda de la cultura argentina.