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Juan del Val: “No pretendo que mis novelas sean de denuncia”

Juan del Val acaba de publicar Vera, una historia de amor, la novela con la que obtuvo el Premio Planeta 2025, una historia atravesada por el deseo, la clase social, la fragilidad del amor y las de...

Juan del Val acaba de publicar Vera, una historia de amor, la novela con la que obtuvo el Premio Planeta 2025, una historia atravesada por el deseo, la clase social, la fragilidad del amor y las decisiones que llegan cuando la vida ya no admite simulacros. En conversación con LA NACION, el escritor y figura central del programa español de TV El hormiguero habla sobre la observación como forma de existencia, el miedo, la felicidad, las relaciones humanas y el arte de sentarse a conversar sin máscaras.

En Madrid todavía quedan cafés donde la conversación ocurre con una lentitud extraña, como si el siglo XXI no hubiera terminado de entrar del todo. Mesas pequeñas, vasos vacíos, alguien interrumpiendo una historia para corregir una palabra. España llamó “tertulia” a esa vieja costumbre de pensar hablando, aunque la palabra, dicen algunos, venga de Tertuliano, el teólogo del siglo II cuyos textos se discutían como si hacerlo pudiera modificar el destino de una persona. En tiempos de opiniones instantáneas y pantallas que fragmentan incluso la atención, la tertulia parece un animal en vías de extinción. Frente a Juan del Val resulta fácil imaginar que esa tradición sobrevivió gracias a ciertos conversadores. Su ironía televisiva, afilada, incómoda, muchas veces feroz, convive con otra textura menos visible: la del narrador obsesionado con las grietas emocionales.

Habla como escribe: avanzando a tientas hacia una verdad que tampoco termina de conocer del todo. Quizás por eso sus novelas producen la sensación de estar vivas. No parecen construidas desde un plano rígido, sino desde una especie de respiración interna, imprevisible, donde los personajes toman decisiones antes de que el propio autor consiga entenderlas. En Vera, la novela con la que obtuvo el año pasado el Premio Planeta —aunque no sin ausencia de polémica, esa pulsión encuentra una de sus formas más complejas. La protagonista tiene 45 años, pertenece a la alta sociedad sevillana y, después de décadas obedeciendo las reglas de su mundo, decide romperlas. Lo que sigue no es solamente una historia de amor: es una novela sobre el deseo como fuerza desordenadora, sobre las clases sociales, sobre el miedo a cambiar de vida cuando todavía queda vida por delante. A fines del año último, tras el anuncio de Del Val como ganador de la 74ª edición del Premio Planeta, en España se suscitó un debate, que remarcó que en los últimos años el galardón se concede de forma evidente a “escritores comerciales”, o cultores de géneros que rinden bien en librerías. En ese momento, al recibir el premio Del Val hizo una defensa a lo popular: “Comercial y calidad no son conceptos opuestos”, dijo.

—¿Cuándo nació la vocación de escritor?

—Es difícil ubicar con precisión esa frontera entre la inquietud por escribir y lo profesional. Yo creo que con eso, de alguna manera, se nace. Después, por determinadas circunstancias de la vida, aparece la oportunidad de dedicarte profesionalmente. Para mí ya forma parte de la vida misma: la necesidad de contar historias y, además, la suerte de poder hacerlo profesionalmente y de que a la gente le guste lo que hago.

—¿Cómo se da el proceso de escritura? ¿Hay ideas dando vueltas en la cabeza hasta que una termina imponiéndose? ¿Tomás notas?

—En mi caso, vivo en un estado de observación permanente. Desde muy pequeño fui un observador compulsivo, casi enfermizo. Después aparece la necesidad de contarlo. Mis historias suelen partir de una idea concreta que quiero desarrollar. En Vera, por ejemplo, era una mujer de 45 años atravesando un proceso y relacionándose con alguien de una condición social distinta. A partir de ahí me puse a escribir. Yo escribo escribiendo. No soy un autor de esquemas porque tampoco soy una persona estructurada. Empiezo y voy encontrando el camino mientras avanzo. También escribo mucho por impulso y necesito sorprenderme durante el proceso. Eso tiene un riesgo, claro, porque vas caminando por una línea donde en cualquier momento te podés caer al vacío. Pero creo que esa frescura también la percibe el lector y termina siendo una de las virtudes de la novela.

—O sea que hay una dirección inicial, pero después los personajes empiezan a crecer solos mientras avanzan las teclas.

—Totalmente. Aunque creo que dentro de mí hay muchas más cosas de las que soy consciente. En la cabeza, en el corazón, en el estómago. De repente todo aparece. Me alimento permanentemente de observar a la gente, de cómo habla, cómo se mueve, cómo se relaciona. Todo eso queda guardado en algún lugar y, mientras escribo, empieza a salir sin que yo lo controle del todo.

—Vera de pronto empieza a cuestionar las reglas que siguió toda la vida. ¿Creés que eso responde a una etapa vital o es algo particular de tu protagonista?

—Creo que hay muchísimas Veras. Muchísimas personas atravesando ese momento. A los 45, 50 o 55 años ya existe un bagaje vital importante. Aparece una sensación muy particular, que creo que es bastante femenina: la intuición de que quizá te estás perdiendo algo y de que esta puede ser la última oportunidad para atreverte a vivirlo. O lo haces ahora o probablemente ya no lo hagas nunca. Una mujer de 20 o 25 años todavía está en otra etapa. Pero a partir de cierta edad la vida empieza a preguntarte cómo quieres vivir lo que queda. Si realmente estás donde quieres estar. Son preguntas incómodas, sobre todo cuando la respuesta implica tomar una decisión tan fuerte como la que toma Vera al comienzo de la novela: irse del lugar donde estuvo toda su vida.

Las vidas posibles

La conversación se concentra en alguien que conoce de cerca la intemperie. No hay impostación en eso: debajo del personaje televisivo, el polemista rápido, el hombre que afila frases en horario central, aparece otra cosa. Una memoria. Una conciencia muy precisa de las diferencias sociales, de las oportunidades perdidas, de las vidas que podrían haber sido distintas apenas con un giro mínimo del destino. Sus novelas están llenas de personajes que intentan escapar de un lugar, aunque no siempre sepan hacia dónde. Y acaso por eso el deseo, en su literatura, nunca sea solamente amoroso: es también hambre de otra vida posible.

—¿Hubo algún momento en el que tomaste una decisión radical como la de Vera en tu vida personal?

—Las preguntas sí me las hice, por supuesto. Tengo más años que Vera, tengo 55, y también estoy en ese momento en el que uno sabe que todavía queda mucho por vivir, pero se pregunta cómo quiere vivirlo. Intento es no tener miedo a la hora de tomar decisiones, porque creo que el miedo impide la libertad. Estoy bien como estoy, pero el día que deje de estarlo tomaré la decisión de marcharme. Y, más allá de cómo quiera vivir cada uno, siempre soy partidario de dar el paso antes que quedarse paralizado por la duda, aunque después resulte un error.

—Uno de los temas que atraviesa la novela es el de la clase social y sus fronteras, en un momento donde además existe un debate muy fuerte alrededor de esas diferencias. ¿Qué mirada tenés sobre eso?

—No pretendo que mis novelas sean de denuncia. No soy tan pretencioso. Lo que hago es escribir obras contemporáneas que describen una realidad. La diferencia de oportunidades entre un chico de un barrio humilde de Madrid y alguien de la alta sociedad sevillana me parece evidente. A mí eso no me gusta, pero la novela tampoco intenta explicar lo mal que funciona el mundo ni ofrecer soluciones. Lo que hago es describir situaciones para entender a los personajes. Entender tanto lo malo que puede traer crecer en un barrio marginal como las presiones que implica pertenecer a una clase social donde todo el tiempo te observan, te juzgan y hasta te condenan.

—Hay algo muy fuerte en Vera alrededor del deseo y la atracción. Pero el deseo aparece casi como una energía vital más amplia que lo estrictamente sexual.

—Sí, eso es bastante recurrente en mis novelas. A mí me interesa mucho hablar del deseo y también de su ausencia, porque ambas cosas cuentan muchísimo sobre un personaje. Sobre quién es y sobre el momento que está atravesando. Si escribo una escena sexual entre una pareja que lleva 30 años junta y atraviesa una crisis, eso ya está diciendo mucho sobre ellos. Si relato el impulso de una mujer que acaba de conocer a un hombre hace un mes, estoy hablando de otro lugar completamente distinto, probablemente más relacionado con la ilusión. Por eso esas escenas nunca son gratuitas. Siempre aportan información emocional. El deseo y la falta de él explican muchísimo sobre las personas.

—También aparece la fragilidad del amor. La idea de que puede durar toda una vida o apenas unos meses.

—Lo creo profundamente. Estamos educados para pensar que el amor verdadero tiene que durar para siempre y yo no estoy de acuerdo con eso. Tampoco creo que una separación tenga que interpretarse como un fracaso. Muchas veces una relación termina y eso también puede ser un triunfo. Puede haber sido una historia maravillosa, que aportó muchísimo, incluso hijos, y simplemente llega un momento en que las personas dejan de querer estar juntas. No pasa nada. Eso no invalida todo lo anterior. La intensidad del amor no tiene nada que ver con su duración. Hay amores preciosos que duran toda la vida y otros igual de intensos que duran seis meses.

—Hay una escena particularmente hermosa: Antonio llevando a su madre a la Feria de Sevilla...

—A mí también me emociona mucho esa escena. Porque ahí se entiende que Vera no es solamente una novela romántica. Cuando hablo de una historia de amor, hablo del sentimiento en muchísimos sentidos. La relación de Antonio con su madre resume todo lo que no pudieron decirse durante años: el dolor, las decisiones difíciles, los silencios. De pronto aparece esa reconciliación muy pura, casi como si ambos pudieran finalmente decirse: “ahora sí nos vamos a querer de verdad”.

Apuntes invisibles

Del Val piensa del mismo modo en que escribe: avanzando entre contradicciones. Habla de la felicidad con la misma naturalidad con la que se expresa sobre el miedo; del humor como salvación y de la tristeza como una habitación en la que aprendió tardíamente a quedarse. Incluso cuando responde una pregunta, parece seguir observando. Como si una parte de su cabeza estuviera todavía tomando apuntes invisibles sobre el modo en que las personas eligen ciertas palabras para explicar aquello que no saben aclarar del todo. En televisión suele ocupar el lugar del hombre incómodo, el que dice lo que otros prefieren callar. Pero en la conversación larga aparece otro ritmo. Uno menos filoso y más introspectivo. Tal vez porque las buenas tertulias no tienen nada que ver con ganar una discusión, sino con quedarse pensando después.

—El humor ocupa un lugar muy fuerte en vos. En Argentina, El hormiguero se volvió un programa de culto y tu ironía conecta muchísimo con nuestra lectura. Pero da la impresión de que tu humor cotidiano es todavía más amplio que el que aparece en televisión.

—Sí, claro. Y también aparece mucho en las novelas. En Vera quizá menos, aunque hay cierta acidez. Pero para mí el humor es algo fundamental, una herramienta que nos salva de casi todo. Manejo mucho la ironía y, aunque en las tertulias exista cierta teatralidad del conflicto o del enfado, mi relación con el humor va mucho más allá de eso. Intento reírme de las cosas, darles su verdadera dimensión y, sobre todo, reírme de mí mismo. Porque todos tenemos una parte bastante patética y, casi siempre, ahí también hay algo gracioso.

—La sección de La tertulia tiene algo de amigos conversando con una copa adelante. ¿Sentís que esos espacios se fueron perdiendo en una época tan atravesada por las pantallas?

—Puede ser. Quizá hablamos menos y también nos reímos menos. Las pantallas trajeron muchísimas cosas buenas, claro. Pero también hay una paradoja: nunca fue tan fácil comunicarse y, al mismo tiempo, nunca pareció tan difícil hablar de verdad. Creo que también nos empobrecimos a la hora de expresarnos. Hay muchísimo miedo: a decir algo incorrecto, a ofender, a la cancelación, a equivocarse. Entonces mucha gente directamente deja de decir lo que piensa para no molestar a nadie. Eso nos vuelve peores. Hace que ganen los mediocres. Hay que decir lo que uno piensa, aunque se equivoque. Yo me equivoco constantemente. Pero no puedo vivir pendiente de si alguien se va a enfadar por lo que digo.

—En algún momento dijiste que huis de la tristeza. ¿Qué lugar ocupa hoy la tristeza en tu vida?

—Esa frase tiene bastante más profundidad de lo que parece. Durante la peor época de mi vida, yo tenía una incapacidad absoluta para detenerme y deprimirme. Todo el tiempo hacia adelante. Eso también termina generando muchos problemas. Con los años entendí que hay momentos en los que uno tiene que parar y reconocer: “estoy triste”. Llorar si hace falta. Y después seguir. Antes yo ni siquiera podía tocar esa tristeza. También es verdad que tengo una tendencia natural hacia la alegría. Intento buscar la felicidad. Eso no significa vivir eufórico ni riéndome todo el tiempo. Significa intentar estar bien y procurar que la gente que tengo cerca también lo esté. Desarrollé cierta capacidad para ser feliz. Porque la felicidad también tiene algo de capacidad personal. Hay gente inepta para las matemáticas o para la física; bueno, también las hay para ser felices.

—¿Con qué pequeñas cosas se construye esa felicidad?

—Con cosas muy simples. Un vino rico con alguien con quien me guste conversar, que a mis hijos les vaya bien, reírme viendo una película. A mí me gusta muchísimo reír. Hay un torero viejo en España que decía una frase preciosa: “Me gustaría ser eterno nada más que para reírme”. Me parece maravillosa. A mí me pasa exactamente eso.

—Si alguien quisiera empezar a leerte hoy, ¿por dónde debería entrar a tu obra?

—Candela probablemente sea la novela más bonita que escribí. Bonita en un sentido emocional. Es muy sencilla, aunque no simple, y el personaje conecta muchísimo con los lectores. Delparaíso es la más literaria y la más compleja. Si tuviera que elegir una como autor, seguramente elegiría esa. Bocabesada tiene muchísimo humor y muchísima mala leche. Y después está Vera, que creo que reúne un poco todo lo anterior. Incluso diría que, en Vera, los personajes que la rodean son más potentes que ella misma. Vera tiene cierta frialdad, cierta contención. Es más reflexiva. Pero la novela condensa muchas de las cosas que vengo trabajando desde hace años.

—Si cerráramos los ojos y apareciéramos de pronto en el lugar donde escribís, ¿qué veríamos?

—Casi siempre escribo en el mismo sitio: un apartamento minúsculo en el centro de Madrid. Muy pequeño. Eso también ayuda a que no haya demasiadas distracciones. Necesito estar rodeado de gente, no podría aislarme del todo porque me aburriría muchísimo. Así que alquilo un lugar pequeño, en pleno centro. Hay una mesa, algunos libros que consulto, una televisión y una especie de cocina que casi parece un mueble. Y después un baño donde, para abrir la mampara de la ducha, tengo que cerrar la puerta porque las dos cosas no entran al mismo tiempo. No es precisamente el lugar más espectacular del mundo, pero ahí me siento bien.

—¿Y qué necesitás para escribir además del espacio? ¿Silencio, música, cierta luz?

—Cuando ya estoy dentro de la novela, prácticamente me adapto a cualquier cosa. Pero el silencio ayuda mucho. Lo que sí necesito es estar cerca de la gente. Si salgo a la calle, necesito movimiento, conversaciones, personas alrededor. Todo eso después me sirve para escribir. Me gusta muchísimo observar a la gente. Casi diría que es un defecto.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/conversaciones-de-domingo/juan-del-val-no-pretendo-que-mis-novelas-sean-de-denuncia-nid13062026/

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