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La distopía que no vimos venir

Nadie lo vio venir. O peor: todos creyeron haberlo visto venir, pero imaginaron otra cosa. Durante años nos alimentamos de distopías elegantes y rebeliones heroicas. Pensamos en Metrópolis, en B...

Nadie lo vio venir. O peor: todos creyeron haberlo visto venir, pero imaginaron otra cosa. Durante años nos alimentamos de distopías elegantes y rebeliones heroicas. Pensamos en Metrópolis, en Blade Runner, en Orwell, en Huxley, en el hombre aplastado por la máquina, en robots emancipados, en sistemas totalitarios con rostro severo y uniforme planchado. Siempre había un enemigo claro, una opresión visible, una narrativa que ordenaba el caos. Y siempre el héroe ganaba por sobre la máquina. Pero lo que no anticipamos fue algo mucho más incómodo: que la nueva división social no vendría impuesta desde afuera, sino internalizada como mérito, presentada como innovación y envuelta en el lenguaje higiénico del management.

Los gigantes tecnológicos apuestan por los anteojos para llevar la IA a la vida cotidiana

Año 2040. Las organizaciones ya no tienen empleados: tienen niveles de integración algorítmica. Y para la tristeza de muchos, ya no se habla de experiencia, seniority o potencial sino que se habla de compatibilidad cognitiva con sistemas inteligentes. No es lo mismo trabajar con inteligencia artificial que vivir dentro de ella. Hay quienes la manejan —los integrados— y quienes son manejados por ella —los ejecutados.

Los primeros no son necesariamente más inteligentes, ni más cultos, ni más talentosos. Pero aprendieron a hablar el idioma de la máquina. Saben formular pedidos, corregir respuestas, encadenar procesos, supervisar desvíos. No necesariamente programan ni entienden la arquitectura técnica, pero dominan algo más importante: el arte de conversar con sistemas que organizan el mundo. Son los nuevos intermediarios del poder. Antes había gerentes. Ahora hay curadores de decisiones (qué lindo suena, curador…). Gente que no decide del todo, pero que sabe cómo pedirle al algoritmo que decida mejor.

Del otro lado están los que ejecutan. No porque no tengan capacidades, sino porque el sistema los ubicó ahí. Sus tareas son residuales, fragmentadas, monitoreadas en tiempo real por plataformas que calculan productividad, atención, ritmo, tono, precisión y disposición emocional. No hay supervisores de carne y hueso caminando entre escritorios, ya no hace falta. El control dejó de ser una práctica humana para transformarse en una atmósfera. Es el nuevo clima organizacional: nadie te grita, no hay jefes que te humillen en una reunión. El sistema simplemente detecta que rendiste 8,3% por debajo de tu patrón esperado y te lo devuelve en forma de alerta, caída de ranking, pérdida de incentivos o “reentrenamiento obligatorio”.

La vieja diferencia entre blue collars y white collars quedó anticuada, casi simpática, propia de una época en la que todavía creíamos que el trabajo se dividía entre manos limpias y manos sucias. Ahora están los que conviven con la inteligencia artificial y los que obedecen sus instrucciones. Los nuevos privilegiados no usan overol ni traje: usan interfaz. Los nuevos excluidos tampoco están fuera del sistema; ese es justamente el problema. Están adentro, pero en el subsuelo, como en el film Metrópolis, solo que sin humo, sin pistones, sin la belleza expresionista de la alienación industrial. El infierno contemporáneo es bastante menos cinematográfico: se parece a una pantalla limpia, a métricas en tiempo real y a un dashboard que sonríe (pero es una sonrisa que asusta).

Lo curioso es que no hubo una revolución como la francesa, tampoco hubo un gran quiebre histórico, ni una fecha imborrable en los manuales. Todo ocurrió del modo en que ocurren las transformaciones más profundas: de manera incremental, como el sapo en la olla. Primero, la inteligencia artificial automatizó tareas rutinarias. Después empezó a asistir decisiones. Más tarde, comenzó a anticiparlas. Finalmente, las decisiones se volvieron demasiado complejas, demasiado veloces y demasiado numerosas para ser comprendidas sin asistencia. Y fue ahí se produjo el corte; no entre humanos y máquinas, como prometía la ciencia ficción más ingenua, sino entre humanos capaces de trabajar dentro de sistemas algorítmicos y humanos condenados a recibir sus órdenes.

Las empresas, por supuesto, celebraron. Hablaron de eficiencia, de escalabilidad, de trazabilidad, de reducción de sesgos, de agilidad organizacional. Empezaron a ganar más dinero, ser más productivas dejando gente afuera, gente joven que no encontraba su primer empleo porque la IA era más eficiente. Y ahí se empezó a quebrar la sociedad entre los que entendieron el sistema y los que nunca lo entendieron porque no tuvieron la posibilidad.

Los errores disminuyeron, los procesos se aceleraron, las inconsistencias se redujeron, los reportes se volvieron instantáneos. Pero en el camino se perdió algo menos visible y bastante más importante: la posibilidad de disentir. Porque disentir exige comprender. Y comprender requiere tiempo, contexto, lenguaje y autoridad. En un mundo donde las decisiones son producidas en milisegundos por modelos que integran miles de variables opacas, disentir se vuelve un privilegio de casta. Solo pueden cuestionar quienes entienden cómo fue construida la respuesta. Los demás apenas reciben el resultado. Como mucho, pueden apelar. Es decir: pedirle al mismo sistema que revise lo que él mismo decidió.

También cambió la educación. Ya no se forma para pensar, sino para interactuar competentemente con inteligencias no humanas. Como la IA piensa más rápido que nuestro sistema cognitivo, dejamos de pensar y relegamos eso en el éter artificial. La alfabetización del futuro no consiste en leer a los clásicos, sino en redactar buenos prompts con cara de que escribimos un clásico. El viejo ideal del profesional crítico fue reemplazado por una figura más modesta y más útil: el operador confiable. No hace falta tener ideas propias; hace falta saber pilotear ideas generadas por otros, o peor, generadas por nadie.

Los managers intermedios fueron una de las primeras especies en entrar en extinción. Durante décadas sobrevivieron produciendo presentaciones, coordinando reuniones innecesarias y PowerPoints incomprensibles. Pero la inteligencia artificial descubrió rápido que gran parte de ese trabajo era un ritual corporativo sin valor agregado. Así desapareció una capa entera del ecosistema organizacional. No la lloró nadie, salvo quizás ellos mismos en una comunidad cerrada de exgerentes de planeamiento.

Los desafíos de gestionar una empresa familiar

En cambio, surgió una aristocracia nueva: los susurradores de algoritmo. No son dueños de empresas ni inventores geniales, son algo más adaptado a la época: personas capaces de formular la pregunta exacta al sistema correcto en el momento indicado. Manejan lenguaje, criterio, timing y contexto. Son los nuevos traductores entre la máquina y el negocio. Estas personas tienen buen salario, flexibilidad, salud mental asistida, vacaciones personalizadas y la secreta convicción de que todo eso se debe a su talento, no a haber aprendido a convivir antes que otros con una nueva infraestructura de poder.

Abajo, muy abajo, está el proletariado algorítmico. Gente permanentemente evaluada por sistemas que les exigen sonreír, responder, mover, entregar, clasificar o moderar contenido según reglas que cambian sin explicación. Son libres, por supuesto, tan libres como puede serlo alguien cuyo ingreso depende de una reputación digital calculada por mecanismos que no conoce. El mundo de los capataces desapareció y fue reemplazado por el scoring.

Y, sin embargo, no hay rebelión. No hay épica como en la literatura y cine distópico o de ciencia ficción. No hay nuevo proletariado tomando los medios de producción porque, para empezar, ya nadie sabe bien dónde están los medios de producción. Están en servidores, modelos, licencias, y plataformas propietarias redactadas en términos y condiciones que nadie leyó. La dominación moderna ni siquiera necesita hacerse odiar como en las revoluciones del pasado. ¡Para qué perder tiempo!

Tal vez ese sea el rasgo más perturbador de esta distopía laboral. Ningún libro de ciencia ficción la anticipó del todo porque casi todos imaginaron un futuro con máquinas espectaculares y humanos resistiendo. Nosotros, en cambio, construimos un mundo mucho más banal: uno donde las personas piden consejos existenciales a un sistema, aceptan que un modelo evalúe su desempeño y agradecen que una interfaz les diga qué hacer con su carrera, su tiempo y su ánimo. El ChatGPT se convirtió en psicólogo, confidente y mejor amigo. Nunca estuvimos tan solos en la historia.

Si Fritz Lang viviera, quizás filmaría Metrópolis otra vez. Pero esta vez la ciudad no estaría partida entre los de arriba y los de abajo, sino entre los que entienden el sistema y los que lo padecen. Y probablemente el monstruo no tendría forma de robot. Tendría forma de tablero de control y de asistente virtual amable. Porque las peores distopías no son las que entran pateando la puerta, son las que llegan diciendo que vienen a hacernos la vida más fácil.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/economia/negocios/proletariado-algoritmico-la-distopia-que-no-vimos-venir-nid10102026/

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