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La Odisea final: volver a la vida

Como muchas personas en Occidente, conocía en líneas generales las historias que se narran en La Ilíada y La Odisea y sus personajes principales (Ulises, Agamenón, Helena, Penélope, Telémaco,...

Como muchas personas en Occidente, conocía en líneas generales las historias que se narran en La Ilíada y La Odisea y sus personajes principales (Ulises, Agamenón, Helena, Penélope, Telémaco, etc.), la sangrienta Guerra de Troya, el ardid del caballo de madera y el accidentado regreso a Ítaca, pero confieso que no había leído ninguno de los dos textos. En 2022 decidí leer La Odisea, por lo que compré la versión de Samuel Butler recomendada por Borges como “la más fiel de las versiones homéricas”.

Tuve una grata sorpresa al saber que Butler (1835-1902), clérigo y filólogo inglés, fue el primero en reparar en la femineidad de la Odisea y en sus personajes femeninos, lo que lo llevó a afirmar que no fue Homero el autor sino una mujer, de lo que da cuenta en su libro La autora de la Odisea. Como mujer y feminista me pareció interesante esa visión, ya que desde hace años estoy abocada a la búsqueda de la sabiduría ancestral de las mujeres, a rastrear en los textos (sagrados o profanos), en el mito de la Gran Madre y en las tradiciones antiguas, los vestigios de la Diosa como un arquetipo femenino relegado por la cultura patriarcal desde hace más de 4000 años.

Ya en el Canto I me sorprendí con la aparición y el liderazgo de la diosa Atenea, de la que no tenía registro. Cuando se hallan todos los dioses reunidos en el Olimpo es ella quien se compadece de la situación de Ulises, único héroe que aún no ha podido regresar a su hogar, y convence a Zeus de la necesidad de liberarlo de la diosa Calipso que lo tiene cautivo. Para llevar adelante su plan, a lo largo de toda la obra, Atenea no solo acompaña a Ulises para orientarlo y protegerlo, sino que inspira a Penélope el ardid del tejido y a Telémaco a ir a Esparta; sucesivamente se hace pasar por otras figuras que lo guían, le cambia la fisonomía y pelea “de su lado” en el enfrentamiento final con los pretendientes. La Operación Retorno de Ulises la concibe, dirige y gestiona la diosa Atenea.

Una Odisea profana

La película de Christopher Nolan tiene el mérito de haber puesto de moda este mito ancestral y llevar a muchos jóvenes a leerlo, pero la contra de haber pervertido radicalmente el texto y cometer apostasía: su versión elimina la cosmovisión sagrada en la que están inmersos los personajes, a merced de un orden divino que rige sobre ellos y el mundo.

Humanizada y desprovista de toda magia y sacralidad, la Odisea de Nolan carece de profundidad espiritual. Nos relata un Ulises guerrero y desamparado en un mundo profano, prototipo del héroe trágico moderno volcado a la acción, que solo cuenta con sus propios recursos para concretar su épica: las armas, la fuerza de voluntad, la resiliencia y la astucia. La película está basada en la traducción de la filóloga inglesa Emily Wilson, quien publicó en The Guardian una dura crítica al guión de Nolan diciendo que los caracteres “carecen de profundidad psicológica, emocional, política y ética”. Coincido.

No solo elimina la presencia de los dioses y su participación en el destino de los humanos, sino que la película excluye de la saga la intervención decisiva de la diosa Atenea, omnipresente en el texto original. Hay apenas unas pocas apariciones veladas de una imagen femenina que, en un final confuso, queda asociada a una víctima decapitada en Troya. La culpa personificada. Del estante de Mitología al de Autoayuda: la apología del soberbio “tú puedes”.

Si Nolan pretende contar el viaje de Ulises como metáfora del cambio de consciencia con ese final ficticio, su héroe resulta muy poco creíble. Nadie que se haya enfrentado tanto a la muerte, peleado guerras y monstruos, enterrado amigos, sufrido soledad, angustia y desesperanza, vuelve a Ítaca veinte años después y comete esa sangrienta venganza de los pretendientes con la ayuda de Atenea. Ulises vuelve igual de violento que como se lo vio en Troya.

La Odisea de Homero, aun admitiendo el protagonismo de la diosa Atenea, no escapa a la cosmovisión de la época. Atenea es una diosa masculina, racional y guerrera, que nace adulta y armada, de la cabeza de Zeus -que se tragó a su madre Metis- y que utiliza su sabiduría para vencer a sus enemigos e imponer su orden, con violencia y muerte.

El paradigma femenino

La primera imagen de dios es femenina y data el Paleolítico superior, cuando aparecen los bajorrelieves de las Venus (hacia 25.000 a.C.), la diosa de la vida y la fecundidad y que configuran el mito de la Gran Madre. Recién muchos milenios después surgen los dioses masculinos que velan por las nuevas actividades humanas (comercio, artesanía y guerra). La diosa madre deja su lugar a un dios padre que anticipa la caída de lo femenino sagrado y consagra el patriarcado.

Hoy resuenan tambores de guerra en todo el mundo. Además de los 59 conflictos armados de la actualidad, el gasto militar no para de crecer, la tecnología de drones y misiles incrementa los arsenales y la violencia se expande por doquier. Seis de cada siete naciones del mundo están presididas por varones, incluidas las principales potencias nucleares, presididas por Trump, Xi, Putin, Netanyahu y los ayatolas. También en Argentina soplan aires autoritarios del pasado: Javier Milei agita irresponsablemente la causa Malvinas. Cualquier excusa es válida para confrontar: geopolítica, territorios, recursos naturales, mercados, religiones, narcotráfico, soberanías, terrorismo, ideologías. Todo aquello que represente alguna forma de poder y dinero.

A todas estas guerras se le suma la batalla tecnológica en el marco de la IA: un puñado de empresarios mega millonarios -todos varones- que, con fantasías mesiánicas, buscan controlar el mundo mientras sus propios agentes amenazan con independizarse de sus creadores y están cada vez más cerca de poder declarar ellos mismos las contiendas. Es un combate por el control militar de los gobiernos: la guerra por las guerras. Para los que andan buscando al Anticristo…

La violencia milenaria que relatan los mitos con héroes guerreros no es universal, es masculina. Las guerras actuales las declararon y las continúan los gobiernos de varones. También es masculino el terrorismo y el delito: según datos de las Naciones Unidas, el 93% de los presos del mundo son varones, mientras que cada 10 minutos una mujer es asesinada en el mundo por sus parejas o un familiar cercano.

Digámoslo de una vez: Ulises sigue en Troya. Ni siquiera emprendió el regreso. Tal vez no puede o no sabe volver a Ítaca. A fuerza de perseguir dinero y poder, de luchar contra enemigos -reales o ficticios-, ha perdido contacto con su alma y con ello la orientación. Sin dioses que lo acompañen y lo iluminen, Ulises hoy vaga por un mundo troyano sin poder ver que la vida siempre estuvo en otra parte.

La actual crisis de civilización muestra el agotamiento del modelo porque está sustentado en un error: la divinización del hombre racional después del “Dios ha muerto” de Nietzsche, a expensas de su alma. Ya no necesitamos dioses porque somos dioses. “Seréis como dioses”, dice la serpiente en el paraíso. La batalla apocalíptica que estamos presenciando no es política, ni económica, ni cultural, ni militar ni tecnológica, sino espiritual y antropológica: ¿hay o no hay alma? ¿Hay o no hay Dios? ¿Hay o no un orden superior y divino?

Nolan contribuye con este error esencial al ocultar lo sagrado, en un momento en el que muchos jóvenes se están volcando a la espiritualidad. Es lo que anuncia el Apocalipsis: al fin de los tiempos, con la segunda venida de Cristo, es Dios mismo quien interviene en la historia para poner luz en la humanidad. La decisiva odisea es recuperar la dimensión espiritual perdida en un mundo materialista y racionalista, para conectar con el alma -el principio femenino de la psique de varones y mujeres, en términos de Jung- y volver a Ítaca, a la Madre y así recuperar el sentido de la vida.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/ideas/la-odisea-final-volver-a-la-vida-nid10102026/

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