Llamas de Madariaga íntimo: el dolor del “exilio” en Uruguay, la lección que le enseñó Borges y la última confesión de González Oro
Enrique Llamas de Madariaga conserva el timbre tan característico de su voz. Ese decir con el que acompañó a generaciones de argentinos, a través del cual ha insuflado información desde el len...
Enrique Llamas de Madariaga conserva el timbre tan característico de su voz. Ese decir con el que acompañó a generaciones de argentinos, a través del cual ha insuflado información desde el lenguaje radial o frente a las cámaras de la televisión. Fue y es un obstinado de la palabra.
“El periodista nunca se retira”, afirma desde el vamos, aun cuando, desde hace varios años, se encuentra alejado del ajetreo cotidiano de la actualidad más cruda y urgente.
“Nunca quise, por respeto a mi oficio, hablar de la pobreza, de las trágicas inundaciones o de la corrupción en los gobiernos y luego decir ´el mejor jabón es…´”. En las líneas finales de su autobiografía, titulada Serás periodista, dejó sentadas algunas bases. Sus bases. Un vademécum que hoy hasta resuena exótico.
Un nuevo comienzoEn 2009, ante ciertas desavenencias profesionales y luego de varios hechos que pusieron en riesgo su integridad física y la de su pareja -la periodista Denise Pessana-, decidió radicarse en la ciudad uruguaya de Punta del Este: “Fue un tiempo donde me decían que los avisos para mis programas estaban prohibidos”.
En esa época, mientras conducía su vehículo por la autopista Panamericana, un disparo le destrozó el parabrisas. Poco después, delincuentes desvalijaron la casa que habitaba con su mujer en la localidad de Olivos, “a metros de la quinta presidencial”.
-Cuando aconteció el robo en su domicilio, ¿se encontraba en su casa?
-Estábamos con Denise (Pessana) a punto de salir, fue impactante ver entrar a esos desconocidos.
Los delincuentes amenazaron a la periodista con un cuchillo y la condujeron por toda la casa en busca de algún tipo de botín, mientras que a Llamas de Madariaga lo apuntaron con un arma: “Cuando fueron en busca de mi computadora les consulté si no querían que los ayudara”.
En la puerta aguardaba el vehículo con el que los delincuentes escaparían. Cuando los miembros de la patrulla llegaron para esclarecer el caso, el periodista le indicó al jefe del operativo: “oficial, en esa camioneta se va toda mi casa”.
-¿Qué le respondió?
-Que primero tenía que labrar un acta, mientras le seguía señalando la camioneta de los delincuentes. En un momento le dije: “oficial, usted está en la joda”.
-¿Entonces?
-Denise (Pessana) me preguntó: “¿qué estamos haciendo acá?”.
Tomaron la decisión sin titubeos. Cruzar el Río de la Plata implicaba desarraigos familiares, pero también la certeza de una vida más pausada y menos expuesta.
-¿Atribuye lo que le sucedió a su mirada crítica sobre la realidad del país?
-No lo puedo afirmar, pero fue una enorme casualidad.
-De estar en actividad en la Argentina, ¿qué trato considera que le hubiese dispensado el presidente Javier Milei o el exvocero Manuel Adorni?
-(Manuel) Adorni es un personaje inferior, de segunda y (Javier) Milei, si no decís lo que él quiere que uno diga, te puede tratar con la guaranguería más grande del mundo, mezcla la guaranguería con lo payasesco, es muy difícil tratar con un tipo que no tiene límites.
DueloHace un mes, Llamas de Madariaga formó parte de una de las habituales cenas sociales que recrean sus noches en Punta del Este. Uno de los comensales recurrentes con los que compartía esas comidas era Oscar González Oro, el popular comunicador, también radicado en Uruguay, quien falleció el viernes 25 de septiembre pasado: “Se dejó caer”. Desde hacía varias semanas, González Oro había dejado de participar de los convites.
-¿Se frecuentaban?
-Nos veíamos todos los jueves en una comida, junto a dos veterinarios muy queridos y Jorge Rodríguez, quien fuera jefe de Gabinete de la Argentina.
-¿Cómo eran esos encuentros?
-Teníamos unas discusiones muy lindas. El “Negro” me decía: “Cuando lo vuelvas a ver a Jorge Luis Borges preguntale si me dedicó a mí eso de ´he cometido el peor de los pecados que un hombre puede cometer, no he sido feliz´”.
-Toda una reflexión.
-Íntimamente no se sentía feliz, aunque le gustaba discutir, charlar y reírse.
-¿Cómo recuerda la conversaciones con González Oro?
-Había momentos donde nos poníamos muy serios y yo le decía: “‘Negro’, cada vez nos están pegando más cerca los balazos”. Alguna vez, me confesó que se había quedado pensando en esa frase y que sentía que se le estaban yendo las ganas de vivir. Me decía: “Estoy solo, soy un saldo y no quiero serlo; o tengo una vida plena o no la tengo”.
-¿Se lo percibía abatido?
-Se dejó estar, no deseaba comer ni salir, no se quería mover de su cama. No presentía su muerte, pero, tal vez, la buscaba, porque buscaba la paz.
Líderes-Alguna vez, Juan Domingo Perón, en ejercicio de la presidencia, le comentó: “me visitan todos, menos los argentinos”.
-Me lo dijo porque le pregunté: “general, ¿quiénes vienen a verlo?” y me respondió elocuentemente: “acá llegan comunistas, trotskistas, gremialistas, radicales, peronistas. Enrique, ¿sabe quiénes no vienen?, los argentinos. Cada uno que me visita viene a buscar agua para su molino”. Era consciente de que se le acercaban por interés.
-¿Cómo era Juan Domingo Perón?
-Le tenía cero simpatía, pero hablando era un fenómeno, aunque, a veces, mentía como loco.
-En alguna declaración pública, usted sostuvo que los presidentes uruguayos suelen ser más cultos que los de nuestro país. ¿Por qué?
-Porque es así, son distintos. Aún recuerdo cuando fuimos con Denise (Pessana) a un casamiento y, en la misma mesa, estaban sentados (Julio María) Sanguinetti, (Luis) Lacalle Pou, (Jorge) Batlle y (Pepe) Mugica, se hacían bromas, charlaban civilizadamente. Es más, suelen dar conferencias juntos. Lacalle (h) anda en moto por todos lados y su padre (Luis Alberto Lacalle) va al supermercado y hace la cola de la caja como cualquier vecino.
-Una dinámica muy alejada a la de los dirigentes argentinos.
-Una escena así es imposible en la Argentina.
Mordazas-¿Qué pasó con su carrera y con su vida personal a partir del Golpe de Estado del 24 de marzo de 1976 y la irrupción de la dictadura militar?
-Estuve varios días en terapia intensiva.
-¿A qué se debió?
-Me dieron una gran paliza, me rompieron dos costillas. En el sanatorio en el que me atendí se portaron muy bien. Un médico me dijo: “Enrique, estás acá por un accidente de auto terrible y no te acordás cómo fue, porque, de lo contrario, caerá la policía de investigaciones”.
-¿Qué le sucedió puntualmente?
-Con los años descubrí que se trató de un atentado de la Fuerza Aérea. Me dieron una paliza tremenda.
-¿Cómo fue?
-El 1° de mayo de 1976, casi medianoche, estaba escribiendo para la séptima edición de La Razón, cuando ingresaron varios agentes que se identificaron como integrantes de la Policía Federal. Les pregunté dónde tenía que presentarme al día siguiente, pero me dijeron que me iban a llevar en ese mismo momento. Es más, me pusieron una capucha que aún conservo.
-¿A dónde lo condujeron?
-A un campo de deportes de la Fuerza Aérea cercano a la Panamericana. Pasó algo curioso, una vez que terminaron de destruirme me dijeron: “señor, póngase los zapatos, esto es todo”. Después me mandaron a un tipo que me indicó: “vos de política no hablás nunca más”.
-¿Qué tipo de actividad periodística desarrollaba en ese momento?
-Escribía para France Press y United Press, donde contaba qué estaba sucediendo en el país, explicaba, por ejemplo, que el poder se había repartido entre las tres Fuerzas Armadas. Cuando me estaba recuperando de la paliza, ya dado de alta, me visitó en mi casa un capitán de navío, quien me dijo: “no hay que dividir a las Fuerzas Armadas, dedíquese a otra cosa, no hable, olvídese”.
En ese entonces, decidió abandonar el país y recorrer destacados destinos internacionales: “Me pasé siete años viajando por el mundo para VideoShow con la llamada ‘máquina de mirar’”. El aparato no era otra cosa que una cámara portátil de televisión, una vanguardia para la época. Aquel programa estaba a cargo del recordado animador y periodista Cacho Fontana.
-¿Existía competencia entre ustedes?
-No, para nada, pero recuerdo que él era muy cabezadura, aunque tenía una gran intuición periodística.
-Entonces, su destino forzoso fue el mundo.
-Todos se lamentaban porque no podía regresar al país ni mencionar la palabra “Argentina”, solo hablaba de cuestiones referidas a los países que visitaba. Me podía pasar seis meses viviendo en París.
-¿Le acarreó algún costo personal?
-Extrañaba mucho a mis hijos. Volvía a Buenos Aires y, en la cena con los chicos, comenzaba a contarles dónde había estado y ellos, como si nada, se dirigían a la madre para organizar sus salidas con los amigos. Un día le dije a mi mujer: “no me dan pelota” y ella me respondió: “es lógico, si no te ven nunca”.
-Alguna vez, ¿experimentó la sensación de miedo?
-Siempre fue más importante lo que tenía que hacer. El miedo, a veces, puede hacer que te niegues a hacer tal o cual cosa.
-¿Qué no hizo por miedo?
-Nada.
Palabras mayores-Estuvo con la Madre Teresa, ¿Cómo fueron esos encuentros?
-Me encontré con ella en dos oportunidades. Primero fue en la Argentina, más precisamente en la localidad de Tigre, y la segunda vez la vi en India, en la ciudad de Bombay. Era una mujer dulce, carismática, de una ternura inusitada. Nunca levantaba la voz. Cuando hablabas o caminabas junto a ella, te agarraba del brazo.
-¿Recuerda alguna reflexión puntual?
-Tenía una gran aversión por el aborto. Cada tanto decía: “voy a ir a Naciones Unidas y repetir que el aborto es algo criminal”.
El comunicador también reconoce algunas frustraciones en torno al ejercicio de su oficio: “Nunca pude entrevistar a Mandela, estuve cerca suyo, pero se me escapó varias veces”.
-¿Qué le sucedió con Jorge Luis Borges?
-En televisión, más de una vez, se refirió hacia mí como “mi amigo”, algo que me emocionó mucho. Estando con él en Egipto, recuerdo que le dije: “justo que usted ya casi no tiene vista, se pierde a las pirámides”.
¿Qué le respondió?
-Me dio una lección cuando me dijo: “me senté en el borde de una pirámide, tomé un puñado de arena y lo dejé caer despacito, así advertí cómo transcurría la historia”. No pude más que decirle: “usted ve más que yo”.
-¿El Papa Juan Pablo ll le reconoció que no siempre hay que decir la verdad?
-Nos dio una entrevista a Félix Laiño y a mí, aunque, previamente, el Nuncio Apostólico nos había dicho que no podíamos preguntarle nada, solo una reflexión, porque “el enviado de Dios no da reportajes”. Finalmente, una vez que nos encontramos con él, le pude preguntar: “Santo Padre, ¿siempre hay que decir la verdad?”, a lo cual me respondió “no en todo momento, no a cualquier persona y no en cualquier situación”. Cuando nos fuimos, le dije a Félix Laiño: “no nos contestó nada y nos contestó todo” y Laiño me retrucó: “¿te pensás que a Papa se llega por pelot...?”.
IniciosA pesar que su inclinación era la abogacía, Salvador de Madariaga, su tío, le sentenció “serás periodista”. No solo cumplió con el dictamen, sino que así tituló su autobiografía: “Siempre me interesó estar cerca de la gente, observar qué le ocurre”.
Resultaría dificultoso resumir en pocas líneas su trayectoria. Llamas de Madariaga es de los profesionales que se ha destacado por sus inicios en la gráfica -la gran escuela-, pero logró masividad pública al frente de ciclos en radio y televisión.
Fue parte de las emisoras Rivadavia, El Mundo y Splendid, entre otras. Ante las cámaras, además de su rol en VideoShow, se lo recuerda al frente de su propio espacio El mundo en Llamas y como conductor, durante años, del noticiero de América TV, donde conoció y compartió la conducción con Denise Pessana.
-¿Cómo recuerda sus comienzos?
-A los 21 años me convertí en el secretario de redacción más joven que tuvo el diario Clarín. En realidad, estaba destinado en La Rural, donde hacía el reporte diario, pero, cuando se produjo una vacante en Casa de Gobierno, me enviaron a cubrir ese puesto hasta tanto no se encontrara al profesional definitivo.
-¿Cuánto duró esa “suplencia”?
-Once años.
-Fue testigo privilegiado de los laberintos del poder.
-Conocí a algunos personajes a los que se los cree insignificantes, pero que han sido maravillosos para el país, como José María Guido, quien decía: “soy San Pablo, estoy aquí para recibir las bofetadas, porque estoy salvando algo mayor”. En cambio, (Arturo) Frondizi era pomposo, te enseñaba y explicaba todo, en algunos aspectos fue un gran presidente, pero también un gran macaneador.
-¿Por qué?
-Cuando estaba acorralado, respondía: “¿qué quieren que haga? Me lo pidió mi amigo (John F.) Kennedy”. Nadie podía comprobar eso. También estaban los presidentes que se aburrían.
-Difícil aburrirse en Balcarce 50.
-Creo que (Roberto Marcelo) Levingston se aburría, no tenía vocación.
-Enrique, ¿tiene discípulos?
-Podría mencionar a Marcelo Longobardi y a la periodista y productora Amelia Troisi.
Suelos-¿Dónde se crio?
-Nací en Buenos Aires y, al poco tiempo, nos trasladamos a Formosa, porque papá tenía un campo en esa provincia. Allí se quedó la familia hasta mis trece años, fue cuando mi papá enfermó y el doctor Enrique Finochietto le dijo: “a lo sumo te queda un año de vida”. Como era español, arregló todos sus papeles y decidió irse a morir a su país. Finalmente, regresó a la Argentina poco antes de fallecer.
Su padre formalizó tres matrimonios, siendo el periodista el fruto de la última relación.
-Enrique, ¿siguió la escuela afectiva de su padre?
-Tuve dos grandes parejas en toda mi vida. Con mi primera mujer, Marta, me casé; pero con Denisse (Pessana) estamos juntos hace treinta años, lo que se llama en Uruguay “unión de hecho”.
-¿Cuántos años duró el matrimonio con su primera mujer?
-Treinta años, soy un hombre metódico. Siempre digo que mi tercer matrimonio también tendrá que ser de treinta años.
Con su primera esposa tuvo cuatro descendientes: “Además, tengo dos hijos del corazón”.
FuturoEl calendario de Llamas de Madariaga marca 87 años. Elegante, activo. Solo un bastón que utiliza “por precaución” lo aleja de la estampa que difundió durante décadas por televisión: “No siento el paso del tiempo desde lo psíquico, aunque aparecen los achaques físicos”.
-¿Cómo se proyecta la vida a su edad?
-En una época tuve algo parecido a una depresión, quería el descanso eterno. Me decía “basta, basta, basta”. Ahora, en cambio, me propongo llegar a los 90 años y volver a fumar.
-¿Volver a fumar?
-Es una cábala, porque a los 80 dije lo mismo y no volví a dar ni una sola pitada.
-Con Denise Pessana, quien tiene treinta años menos que usted, conformó una pareja televisiva recordada. ¿Cómo ha sido el tránsito para pasar del espacio laboral y público a compartir la vida personal?
-Le dije “cuando quieras podés cambiarme por uno más joven”. Tenía 55 años cuando encontré a una muchachita de 25 años que me enamoró.
-¿Qué dolor lo acompaña?
-Sigo extrañando a mis padres, pienso que, cuando me vaya, me voy a encontrar con ellos. Mi mamá era un encanto, cuando yo estaba mal, me tocaba el piano. No la puedo olvidar.
-Finalmente, pienso en aquello que le dijo el papa Juan Pablo ll y no me queda más que pensar si usted, en esta entrevista, me ha dicho o no la verdad.
-Siempre he tratado de decir la verdad y estoy seguro de algo, jamás desfiguré las cosas.