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Occidente frente a su contradicción civilizatoria

Mientras en Argentina vuelve a instalarse la idea del “retorno a Occidente” como si se tratara de una llave maestra para resolver problemas estructurales, el mundo atraviesa una transformación...

Mientras en Argentina vuelve a instalarse la idea del “retorno a Occidente” como si se tratara de una llave maestra para resolver problemas estructurales, el mundo atraviesa una transformación mucho más profunda. No se trata de una disputa cultural entre izquierda y derecha ni de una batalla moral entre civilización y barbarie. Se trata de un cambio estructural en el eje del poder global. Y Occidente ya no ocupa el centro exclusivo que tuvo durante los últimos dos siglos.

Hace más de un siglo Oswald Spengler advirtió que ninguna civilización conserva indefinidamente su hegemonía. No hablaba de colapsos abruptos, sino de procesos históricos reconocibles: pérdida de centralidad productiva, desplazamiento tecnológico, agotamiento creativo y reconfiguración del poder internacional. Hoy no estamos ante una profecía literaria, sino frente a un patrón empírico: el monopolio occidental del poder global se está diluyendo.

Los datos estructurales son elocuentes. Europa envejece aceleradamente y mantiene tasas de natalidad persistentemente por debajo del nivel de reemplazo. Estados Unidos atraviesa una polarización política crónica que dificulta consensos estratégicos de largo plazo y navega entre dilemas precoces desde la ampliación de su rol de gran hermano mundial y el encierro dentro de barreras tarifarias que cambian según el humor de su actual presidente, Donald Trump, para la protección de los intereses, la defensa y el bolsillo de sus norteamericanos. En paralelo, India se ha convertido en el país más poblado del planeta, China lidera el volumen mundial de solicitudes de patentes tecnológicas y los países del Golfo concentran recursos energéticos críticos. Rusia, más allá de valoraciones ideológicas, disputa activamente el orden internacional posterior a la Guerra Fría. El mundo dejó de ser unipolar.

No es una cuestión de valores. Es una cuestión de poder material.

Occidente ya no monopoliza la producción industrial, la innovación tecnológica, el control energético ni las cadenas globales de suministro. La modernidad se volvió policéntrica. Sin embargo, frente a esta pérdida de centralidad, emerge una reacción característica: la exaltación identitaria de “la civilización occidental” por parte de liderazgos políticos que apelan a discursos morales y civilizatorios como sustituto de estrategias productivas y geopolíticas consistentes.

Lejos de expresar fortaleza, esta retórica suele revelar inseguridad histórica. Cuando una hegemonía pierde capacidad de liderazgo económico, tiende a compensar con reafirmaciones simbólicas y, en algunos casos, con mayor presión militar. El incremento del gasto en defensa, la expansión de conflictos indirectos, las tensiones geopolíticas en Europa del Este y el Ártico, y el uso recurrente de sanciones económicas forman parte de esta lógica defensiva: intentar sostener por coerción lo que ya no se sostiene plenamente por innovación, producción y proyecto estratégico.

Pero el núcleo más profundo de la contradicción occidental actual no es geopolítico. Es civilizatorio.

Occidente no se construyó sobre el aislamiento identitario ni sobre la confrontación cultural permanente. Se edificó sobre cooperación institucional. La antropología contemporánea coincide en que el rasgo distintivo del homo sapiens no fue la fuerza ni la inteligencia individual, sino la capacidad de coordinar acciones complejas entre desconocidos: división del trabajo, transmisión acumulativa del conocimiento y organización social a gran escala. Sobre esa base se levantaron las universidades, la ciencia moderna, el derecho, el comercio y el Estado burocrático racional. Ese fue el verdadero motor civilizatorio occidental: cooperación estructurada, no tribalismo moral.

A ello se sumó el cristianismo, que introdujo un límite decisivo al poder bruto: dignidad universal de la persona, protección del débil, restricción ética de la violencia y humanización del enemigo. No fue el cristianismo lo que explicó la hegemonía económica moderna, pero sí lo que contribuyó a dar forma a instituciones centrales del orden occidental: derechos humanos, Estado de derecho y universalismo moral.

Contradicción interna

El problema es que el neo-occidentalismo contemporáneo invoca esos valores mientras practica y fomenta lo contrario. Fragmenta el tejido social, convierte al adversario político en enemigo moral, deshumaniza al migrante y reemplaza cooperación institucional por polarización identitaria. No se trata de una restauración civilizatoria, sino de una contradicción interna.

Paradójicamente, mientras Occidente se divide entre dilemas neocivilizatorios forzados cual estandartes que se desangran, otros actores planetarios avanzan fortaleciendo coordinación y colaboración interestatal, planificación tecnológica e inversión estratégica. China no gana centralidad global por superioridad moral, sino por capacidad de planificación en infraestructura y logística, orientación de ciencia aplicada y articulación entre inversión pública y privada, además de organización territorial y ascenso social y material de su población tanto urbana como rural. India no incrementa su peso internacional por discursos identitarios, sino por demografía activa, formación técnica y expansión productiva, todo a gran escala y esquemas de largo plazo. Si el éxito histórico dependió de cooperación, colaboración, desarrollo poblacional, material, cultural y tecnológico, hoy el déficit no está afuera de Occidente. Está adentro.

A esto se suma una falla estructural clave: la gestión de los movimientos migratorios. Durante décadas, Occidente —y también países como Argentina— crecieron integrando población migrante como capital humano, productivo y cultural. Hoy, en cambio, los flujos migratorios son tratados principalmente como explicación de problemas de violencia e inseguridad, justificando el uso de la fuerza estatal y su inclusión dentro de supuestas organizaciones narco terroristas para cerrar fronteras y promover su expulsión, por un lado, y alternativamente como instrumento electoral. En otros casos se los necesita para sostener economías envejecidas, pero se los margina socialmente. El resultado es fragmentación, guetos, resentimiento y debilitamiento de la cohesión social. No es solo un dilema humanitario: es una falla estratégica de integración civilizatoria.

En este contexto resulta significativo que una de las voces occidentales más persistentes en advertir este rumbo haya sido el Papa Francisco. No desde una lógica ideológica, sino desde la tradición humanista cristiana que dio forma al núcleo ético de Occidente. Su insistencia en la fraternidad entre pueblos, el rechazo de la guerra como instrumento político y la defensa del multilateralismo recuerda que los valores occidentales no surgieron para justificar bloques armados ni guerras culturales, sino para limitar el poder y humanizar el conflicto.

Esa misma lógica inspiró el edificio del Derecho Internacional Público construido tras las grandes guerras del siglo XX: Naciones Unidas, derecho internacional humanitario, tratados multilaterales y mecanismos de resolución pacífica de controversias. Con todos sus defectos, ese entramado permitió durante décadas contener conflictos, reducir enfrentamientos directos entre potencias y establecer límites mínimos a la violencia unilateral. También fue motor del auge en el intercambio comercial de bienes y servicios a nivel mundial. Ha sido el intento más ambicioso de traducir cooperación civilizatoria en norma jurídica global y comercio internacional.

Hoy ese sistema se encuentra bajo presión. El repliegue soberanista y el discurso civilizatorio axiológico tienden a reemplazar reglas comunes por lógica de fuerza. Se relativizan organismos internacionales, se debilitan tribunales y se naturaliza la acción unilateral. No es un retroceso técnico: es un retroceso civilizatorio. Y afecta especialmente a los países medianos y periféricos, que dependen de reglas multilaterales para no quedar atrapados entre grandes potencias.

Spengler advertía que toda civilización tiende a creer que sus valores son universales. En realidad, son respuestas históricas locales a desafíos concretos. Arnold Toynbee lo formuló de otro modo: sobreviven las civilizaciones capaces de responder creativamente a los desafíos. Karl Polanyi lo explicó desde la economía política: ningún orden de mercado puede sostenerse si destruye su base social.

El error central del neo-occidentalismo contemporáneo no es ideológico, sino estratégico. Cree que la crisis actual es cultural cuando en realidad es productiva, tecnológica, demográfica e institucional. Sin infraestructura, sin energía, sin industria, sin ciencia aplicada y sin Estados funcionales, ninguna civilización se sostiene.

Y aquí aparece Argentina como espejo incómodo.

Argentina no es una potencia occidental consolidada. Es un país periférico con estructura productiva incompleta, Estado frágil y fuertes desequilibrios territoriales. Importar guerras culturales ajenas, alinearse automáticamente en disputas geopolíticas externas o debilitar capacidades estatales bajo consignas de eficiencia de mercado no nos acerca a ningún “renacimiento occidental”. Nos expone, por el contrario, a una mayor irrelevancia estratégica.

Mientras el mundo disputa minerales críticos, redefine su matriz energética, reorganiza cadenas productivas y compite por liderazgo tecnológico, Argentina sigue atrapada en consignas simbólicas. No es un debate moral. Es una discusión de poder real.

Spengler se equivocó al creer que el agotamiento civilizatorio implicaba fatalismo histórico. No hay destinos escritos. Pero acertó en algo esencial: las civilizaciones no sobreviven por nostalgia, sino por capacidad de adaptación. El siglo XXI no se va a definir por quién grite más fuerte “Occidente”, sino por quién logre reconstruir cooperación institucional, Estados funcionales para sí y entre sí en la gran Casa Común del planeta, economías productivas y proyectos nacionales viables en un mundo multipolar.

La verdadera decadencia no es perder valores. Es traicionar los principios cooperativos, humanistas y jurídicos que hicieron posible esos valores. Y hoy, tanto en Occidente como en Argentina, ese es el debate que todavía estamos evitando.

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El autor es abogado y preside el Movimiento Arraigo

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/opinion/occidente-frente-a-su-contradiccion-civilizatoria-nid02022026/

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