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Una historia de película: el Café de París

Entre la década del 60 y 70, existió una hora exacta en la que la ciudad de Roma comenzaba a transformarse. Sucedía a las diez de la noche, cuando la elegancia se hacía notar sobre las baldosas...

Entre la década del 60 y 70, existió una hora exacta en la que la ciudad de Roma comenzaba a transformarse. Sucedía a las diez de la noche, cuando la elegancia se hacía notar sobre las baldosas de la refinada Via Vittorio Veneto y las luces de los hoteles Excelsior, Majestic y Eden empezaban a reflejarse sobre los autos estacionados frente a las veredas. Primero aparecían los choferes, después una horda de fotógrafos desesperados y, más tarde, las mujeres más bellas cubiertas de pieles, los productores norteamericanos más importantes o los actores italianos y extranjeros de mayor cartel, que llegaban desde los estudios de Cinecittà,para darle rienda suelta a su divismo. Y en el centro de aquella coreografía nocturna de ensueño, el Café de París, el bar que terminó convirtiéndose en el símbolo más reconocible de La dolce vita italiana y en el escenario donde la Península, durante dos décadas, representó ante el mundo la fantasía más sofisticada de sí misma.

El Café de París era una especie de teatro a cielo abierto donde el glamour y el estilo bailaban con la superficialidad humana. Un punto en el que confluían el cine, la aristocracia, la política, la moda y el periodismo en una ceremonia nocturna que parecía no terminar. Las mesas se prolongaban sobre la vereda como un río caudaloso. Los mozos avanzaban entre flashes y vasos de whisky, mientras los turistas observaban fascinados aquel desfile compuesto por las figuras más importante del espectáculo mundial. Desde Frank Sinatra hasta Salvador Dalí, pasando por Audrey Hepburn, Sophia Loren, Anita Ekberg, Ava Gardner, Gregory Peck, Peter O’Toole, Charlton Heston, Jean-Paul Belmondo, Kirk Douglas e Yves Saint-Laurent. También los italianos Domenico Modugno, Alberto Sordi, Vittorio Gassman y por supuesto, el santo patrono, Marcello Mastroianni. Entre ellos, camaleonizados, los dobles agentes, periodistas que se hacían pasar por millonarios de la realeza y fotógrafos escondidos detrás de sus motocicletas Vespa. Roma acababa de salir de la guerra y necesitaba inventarse una nueva identidad. La encontró precisamente allí, en esa avenida doble mano, donde la fama, incluso siendo muy ajena, parecía estar al alcance de cualquiera.

Uno de los visionarios que hizo del Café de París el epicentro del jet set romano fue su gerente, Nicola di Nozzi, quien a sus 45 años, venía con la experiencia del oficio del restaurante Quo Vadis, de Nueva York. Una de sus más acertadas decisiones fue colocar teléfonos en las mesas, para que, tanto los empresarios como los políticos no se pierdan de nada por estar allí. Eso significó que durante las tardes, los clientes tomaran espacio como oficinas deambulantes.

Sin embargo, el periodista Victor Ciuffa no tenía una mirada tan luminosa sobre el fenómeno. Sostenía que la verdadera Dolce Vita no había nacido de las guirnaldas de la alta sociedad, sino de su miseria. En abril de 1953, el cuerpo de Wilma Montesi, una joven y floreciente actriz de 21 años, apareció abandonado sobre una playa de Ostia. Sus breves intervenciones en los films Carcerato y Ergastolo, redimensionaron un caso que conmocionó a Italia, porque rápidamente comenzaron a circular versiones sobre fiestas secretas, drogas, sexo y aristócratas vinculados con la antigua nobleza romana. Ciuffa, que entonces era un joven cronista policial, siguió obsesivamente aquella investigación y descubrió un universo oculto de modelos extranjeras, actrices y personajes ambiguos que se reunían en bares frecuentados por empresarios y existencialistas. “La dolce vita italiana comenzó en esa fiesta”, afirmaría años después en una entrevista.

A partir de entonces, Ciuffa se convirtió en un agudo observador de la decadencia elegante y en testigo privilegiado del nacimiento de un nuevo mundo nocturno donde convivía la efervescencia más notable de una sociedad que venía de años de ahogamiento existencial. Y en esos bordes, a la expectativa, emergían productores, actores bulliciosos y actrices desesperadas por triunfar. Aquellas historias terminarían fascinando a Federico Fellini, quien escuchaba durante horas las anécdotas que Ciuffa le contaba sentado en una mesa del mismo Café de París, mientras imaginaba la película que cambiaría para siempre la historia del cine italiano: La dolce vita.

Fellini absorbía relatos sobre fiestas clandestinas, libertinos, fotógrafos intrépidos y estrellas de Hollywood perdidas en las madrugadas romanas. El personaje interpretado por Marcello Mastroianni, Marcello Rubini, tenía mucho de aquellos cronistas nocturnos que caminaban por Via Veneto buscando escándalos para vender al día siguiente. Y el fotógrafo Coriolano Paparazzo, el personaje que terminaría dándole nombre universal a los fotógrafos de celebridades, nació de la mezcla de varios hombres reales que trabajaban en esa calle, como Tazio Secchiaroli, Elio Sorci y, sobre todo, Rino Barillari. Vale destacar que nada de lo que se ve en la película La Dolce Vita se filmó en locaciones reales. Fellini mandó a construir en los estudios de Cinecittà, una escenografía de Via Veneto y del Café de París a escala humana.

A sus 81 años, Barillari todavía recuerda aquellas noches como si fueran escenas suspendidas en el tiempo. En diálogo con LA NACION, describió el Café de París con la nostalgia de quien sabe que fue testigo de una época desaparecida: “Desde los años 60 hasta los 80, fue el lugar donde se sentaba todo el mundo por las noches. Era un lujoso salón en plena vereda. La gente caminaba y miraba a los personajes de la época: figuras del teatro, de la música, de la ciencia. Observaban cómo se vestían, qué tomaban, cómo se movían”.

Lo que fascinaba no era solamente la presencia de las estrellas, sino el ritual completo. El espectáculo comenzaba mucho antes de que alguien descendiera del automóvil. Describe Barillari vía telefónica: “Una de las imágenes que nunca me pude sacar de la cabeza fue una noche cuando llegó Gina Lollobrigida en uno de sus autos enormes y brillantes. El chofer le abrió la puerta, los fotógrafos corrimos hacia ella y los flashes iluminaron la calle como si fuera de día. La multitud a nuestro alrededor se detuvo únicamente para verla caminar unos pocos metros hasta la mesa reservada. Aun hoy siento su elegancia al andar. Su tapado de piel, los zapatos, los anteojos. Única”.

En aquellos años, Roma era conocida como “La Hollywood del Tíber”. Las grandes productoras norteamericanas habían descubierto que filmar en Italia costaba mucho menos que hacerlo en California. Los estudios de Cinecittà funcionaban día y noche. Se filmaban westerns, epopeyas bíblicas y dramas románticos mientras actores norteamericanos ocupaban suites enteras de los hoteles de Via Veneto. Las noches terminaban inevitablemente en el Café de París.

Frank Sinatra protagonizó una de las escenas más violentas de aquella época. Tenía un temperamento explosivo y odiaba a los fotógrafos. Una noche salió del Café de París acompañado por guardaespaldas enormes, y Barillari intentó acercarse para tomarle una fotografía. El cantante perdió inmediatamente la calma y sus guardaespaldas lo empujaron, le tiraron el flash al piso y comenzó una pelea descontrolada, que terminó con mesas y vasos volando por el aire. Pero incluso aquella violencia formaba parte del espectáculo. Los turistas observaban fascinados mientras Sinatra insultaba a los fotógrafos y los flashes seguían disparándose en cualquier dirección. Otra postal que inmortalizó el psicótico vínculo entre estrellas y fotógrafos, fue cuando la actriz Sonia Romanoff, harta de ser acosada por las cámaras, le lanzó su helado en la cara al insistente Barillari, fotografía tomada por un colega suyo que dio la vuelta al mundo.

“A Marcello le hice una foto haciendo pis en un rincón, pero nunca la publiqué. Eso sí, por el favor me concedió durante un tiempo largo fotos en exclusiva, hasta posando para mí”, reconoce Barillari, sorprendido por el llamado de LA NACION. Y agrega: “Una noche lo veo bailando con una mujer hermosísima, se ve que se olvidó del pacto, me vio entrar reflejado en un espejo, dejó a la mujer y vino directo hacia mí. ‘O vos o yo’, me dijo. Yo le respondí: ‘Tranquilo, Marcello’. Después se reía de mí y cada vez que me veía me decía que cambiara de vida, que me hiciera empleado bancario u oficinista. Fueron tiempos extraordinarios. Roma era el epicentro del mundo”.

Aquella Roma parecía vivir exclusivamente de noche. Los diarios recién impresos llegaban todavía con olor a tinta fresca. La gente salía del cine y caminaba hasta Via Veneto para esperar las ediciones nocturnas. Los vendedores de rosas recorrían las mesas. Los playboys les pagaban a los fotógrafos para aparentar importancia, hasta 50 liras por cada flash y así despertar la curiosidad de las mujeres de alrededor. La puesta en escena era, llegaba un hombre apuesto, los fotógrafos hacían la pantomima de bloquear el paso, empujarse entre ellos y disparar una decena de flashes al unísono. Así, el rumor sobre “¿Quién será?” recorría las mesas, al igual que el martini, el whisky y la grappa, las bebidas del momento.

El ocaso

Sin embargo, ningún esplendor permanece intacto en el tiempo. Hacia finales de los años 70, la ciudad comenzó a cambiar. El cine dejó de concentrarse en Roma. Las estrellas empezaron a protegerse detrás de guardaespaldas, hoteles privados y fiestas exclusivas en mansiones. La televisión transformó el espectáculo. Via Veneto perdió lentamente su centralidad, su lugar lo ocuparon los Festivales de Cine como Cannes, Venecia, Berlín y San Sebastián y el Café de París empezó a convertirse en una reliquia melancólica.

Giovanni Ciacci, celebridad de la televisión italiana actual, repasa la impresión amarga que sintió cuando conoció el lugar en el año 92. “Cuando llegué a Roma, el Café de París fue el primer lugar que fui a ver, porque de chico siempre admiré a las estrellas representantes de La dolce vita. Pero me llevé una gran desilusión. Era un bar venido a menos, lleno de gente anónima. En los alrededores había solamente prostitutas y solo quedaba al final de la calle, la joyería Capuano, que ahora sé que tampoco está más. Definitivamente esa época se había terminado”. Para Ciacci, el final del mítico bar coincidió con la desaparición del viejo sistema de celebridades: “Las estrellas habían dejado de caminar la calle, no necesitaban de la exposición en vivo, porque la televisión y las revistas lograron reemplazar ese código”.

La decadencia fue sostenida e irreversible, incluso con episodios brutales. El más significativo ocurrió el 16 de septiembre de 1985, cuando un terrorista arrojó dos granadas de mano sobre las mesas del local. Una de ellas no explotó. Justo había una delegación norteamericana, por su cercanía a la Embajada de los Estados Unidos, y pese a que se concluyó que no se había tratado de un ataque directo al gobierno de Ronald Reagan, 38 personas resultaron heridas. El agresor, Ahmad Hassan Abu Alì Sereya, palestino de origen libanés fue arrestado a las pocas horas y condenado en 1987 a 17 años de prisión.

Pero el golpe devastador llegaría años después. En 2009, magistrados antimafia descubrieron que el histórico local había sido adquirido por clanes de la ‘Ndrangheta calabresa, para lavar dinero proveniente del narcotráfico y la venta de armas. El supuesto propietario era Damiano Villari, un peluquero de Aspromonte que, según los investigadores, actuaba como testaferro de Vincenzo Alvaro, hombre fuerte del clan mafioso. El bar era un bien más de un plural embargo que superó los 250 millones de euros e incluía, entre otros activos, restaurantes de la zona, inmuebles, fincas y automóviles de alta gama. La noticia destruyó definitivamente el aura romántica del lugar. El Café de París, símbolo global del glamour romano, quedaba vinculado al crimen organizado e ir a consumir algo, era peligroso tanto para el ciudadano de a pie como para el turista.

Paradójicamente, el local volvió a abrir bajo administración judicial, convertido en emblema antimafia. En las mesas donde alguna vez se había sentado Fellini a delinear sus excéntricos guiones, comenzaron a servirse vinos, aceites y pastas producidos en tierras confiscadas a las organizaciones criminales italianas. El sacerdote Luigi Ciotti impulsó la iniciativa junto a Libera Terra como una forma de devolverle a la ciudad un espacio históricamente contaminado. Pero el deterioro ya era irreversible. La crisis económica se profundizó con conflictos sindicales, despidos y tragedias personales. Fue el caso de Stefano, histórico barman del café durante más de dos décadas, quien se suicidó después de enterarse de que no le renovarían el contrato laboral.

En 2012, el magnate malayo Robert Kuok compró el edificio, con la idea de transformarlo en un hotel cinco estrellas de la cadena Shangri-La Hotels and Resorts. El proyecto nunca terminó de concretarse. El histórico gazebo del Café de París fue retirado y las persianas quedaron definitivamente bajas.

Hoy Via Veneto sigue recibiendo turistas que buscan rastros de aquella edad dorada. Caminan intentando encontrar vestigios de Elizabeth Taylor tomando de manera seductora su Martini, de Irina Demick llevando a su guepardo a pasar las tardes o de Raffaella Carrá evitando los embates de un obsesionado Sinatra. Pero solo encuentran una vereda vacía, que mantiene dos vitrinas con fotos de los famosos que alguna vez pisaron sus pasillos: Sylvester Stallone, Monica Belucci, Gianni Morandi y Eros Ramazzotti. Fantasmas de una dulce vida, ecos sordos de una época que no volverá.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/conversaciones-de-domingo/una-historia-de-pelicula-el-cafe-de-paris-nid13062026/

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